Por: Lithus Arrieta Pérez
Arte: Mauricio Alvarado

Cuando pienso en el 2019 y la muerte de mi papá, mi cabeza se llena de imágenes, lugares, canciones y personas que fueron el soporte para seguir aquí; como dijo ZARAMAY, el año pasado «conocí gente muy mala y me rodeé de gente buena». 

Doce meses en una montaña rusa de emociones y situaciones, un año muy convulso que inició con un balde de agua fría y terminó con uno de agua caliente. Por ratos yo ni lograba ver hacia donde íbamos, pero siempre tuve gente valiosa al lado que tenía clara la ruta.

A pesar de que fue muy difícil, creo que hasta ahora es mi etapa de mayor aprendizaje y de ahí la razón de ser de este texto.

Es cierto que nadie nos educa para sobrellevar un duelo, pero la verdad es que no hay forma de que nos preparen para ver a nuestros papás morir. Una vez que sucede, todo se vuelve no lineal, las emociones son un tanto aleatorias y la felicidad a veces puede ser efímera.

El 12 de enero del 2019 es una fecha bien rara en mi calendario, ese día una gran amiga me llevó (sin saberlo) a una terapia de madrugada en una poza en medio de la nada, donde recargue energías bajo una luna llena inmensa que hasta la fecha, creo que me cuidó todo este tiempo.

Lastimosamente ese mismo día, cerca de las 5:00am, recibiría la noticia de que iban a internar a mi papá por problemas cardíacos.

Desde el momento uno quise quebrarme, pero no era mi hora. Ya estábamos advertidos, sabíamos muy bien lo que podía pasar y teníamos claro que su enfermedad era una bomba de tiempo, tanto así que su reloj ya no tenía arena, llevaba vivo más de 20 años desde que le habían diagnosticado jaque mate.

Mi papá, quien creo que es de los mejores ajedrecistas que ha tenido Costa Rica, ya había estado internado muchas veces a causa de una enfermedad poco común que provoca el agrandamiento del corazón. ¿Irónico no? Su condición era prácticamente inoperable porque tenía mucho amor dentro de sí, literalmente su corazón era muy grande.

Tras varios días internado que se volvieron meses, muchos exámenes y un shock psicológico, inevitablemente pasó lo que el ciclo de la vida dictaba. Papá murió el 17 de enero a sus 62 años con su familia completa en un cuarto del Hospital de Alajuela.

A partir de ese momento todo fue muy gris. Ese día con un disco de Cerati en loop inició un duelo que me nubló la belleza de la vida y que se llevó una parte de mi. Desde que salí del hospital me volví vulnerable, sentía que cualquier cosa me podía pasar. Me sentí desprotegido.

No recuerdo tantos detalles de ese día en si, llevaba muchas horas sin dormir ni comer bien, pero recuerdo bien que cuando por fin volví a mi casa, Nancy y Mauricio quienes en ese entonces eran mis roomates, me dieron el abrazo más doloroso que he recibido en toda mi vida.

Esa fue mi hora, ahí me quebré…

Pasé semanas escuchando Cerati y sentía que sus canciones me curaban muy lento, como el efecto que tiene una crema en un raspón que se lleva una capa de piel. Intenté refugiarme en el trabajo, en las drogas y en cualquier tipo de distracción que se me pusiera al frente.

No fue sino hasta el 16 de marzo de ese mismo año que hubo un punto de inflexión que me volvió otra persona. Esa noche fue la primera vez que sentí paz y sucedió mientras tocábamos con Kaiser Moon en el Festival Transitarte. Estoy seguro que mi papá estaba conmigo y sin decir una palabra supe que todo estaba bien.

Después de eso lo he visto un par de veces en sueños y lo he llorado hasta quedarme sin lágrimas, la única constante en todo este proceso ha sido la música; la que he hecho, la que han hecho mis amigos y amigas y la música de extraños que conecta con mi nuevo cable a tierra, mi fibra sensible.

Eventualmente comencé terapia, me alejé de muchas personas, paré de escribir, cambié el tono de mis canciones, me descuide a mi mismo y prometí convertir mi enojo con el mundo en ideas creativas, algo que todavía es mi refugio y mi válvula de escape. Lo más importante, aprendí a poner una sonrisa estando roto, eso me permitió seguir adelante y evitar conversaciones incómodas.

Estoy seguro que no todas mis decisiones fueron saludables y que más bien algunas hicieron del duelo un proceso más complejo, pero hasta la fecha estoy convencido que nadie supera la muerte, solo aprendemos a vivir sin olvidar.

Aunque pasaron grandes cosas durante todo el año y lo cerramos con una producción de un concierto para Señor Loop en Costa Rica, lamento decir que el 2019 no tuvo un final feliz, pero representa un gran año en mi vida porque me probé que aún en mi peor estado puedo lograr mucho y eso me mantiene en pie hasta hoy. Entendí que está bien hacer una pausa para sentir y sanar, entendí que está bien llorar en un baño antes de una entrevista, que hacerme un puñito en un backstage antes de salir a dar un chivo o que dejar que una lágrima se me escape en una conversación random me mantiene cerca de mi papá.

En tu nombre.